Poderoso caballero...
Finalmente, tras varios días intentándolo, el párroco de la iglesia donde fui bautizado ha contestado al teléfono. He de reconocer que el trato que he recibido ha sido realmente cordial, a pesar de nuestras diferencias ideológicas, así que no me queda otra que agradecerle la atención prestada. Sin embargo, si las formas han sido más que correctas, el fondo no lo ha sido tanto.
No hablaré ahora de los pasos que me ha indicado para apostatar (delirantes, absurdamente burocráticos y, lo que es peor, falsos), porque supongo que de esto hablaré otro día. Quiero comentar el que, al menos eso me ha parecido a mí, es el motivo por el cual le fastidia tanto que deje el nido.
Si bien no me extraña ver que la motivación primera de la Iglesia Católica es el beneficio pecunario, me sorprende que el párroco de una iglesia "de tercera" reconozca abiertamente cuáles son las motivaciones de su organización. Todo comenzó cuando le pregunté por qué le importaba tanto que yo siguiese perteneciendo a su grupo religioso. Su respuesta, más clara que el agua, "para que la Iglesia funcione necesita apoyo económico".
Apoyo, me pregunto, ¿para qué? La Iglesia Católica es uno de los estados más ricos del mundo, invierte en cientos de empresas (tal es su hipocresía que sus negocios llegan a abarcar empresas fabricantes de malignos anticonceptivos), tiene innumerables negocios inmobiliarios (escándalos incluídos), y el valor de los inmuebles que posee es incalculable. Me he sentido como si Amancio Ortega me pidiese dinero.
Se suele alegar que la organización religiosa conserva tesoros arquitectónicos y artísticos, y que el dinero para su mantenimiento sale de sus arcas. A pesar de que ésto no es totalmente cierto (no hay más que adentrarse en nuestro país para ver antiguas iglesias de pueblo a punto de derrumbarse), y a pesar de que los municipios suelen sufragar las obras de restauración de estos monumentos, la ley exige a los propietarios de este tipo de construcciones que las mantengan o, de no poder, que las cedan al Estado. ¿Por qué la Iglesia Católica no se rige por las leyes de todos?
Hablan, también, de su labor social. No seré yo quien niege que ésta existe, ni negaré su importancia, pero, seamos sinceros, a día de hoy (acabada la dictadura) el beneficio que dichas obras aportan es inferior al de organizaciones laicas sin ánimo de lucro. Las acciones de ambas pueden parecer, a priori, similares, pero entre todas sus diferencias hay dos que destacan: de entre todas las organizaciones sociales sólo a una de ellas puedo apoyar en mi declaración de la renta, y sólo una de ellas recibe (al margen del I.R.P.F.) dinero de organismos públicos. Curiosamente, esta organización no busca el bien social por amor al hombre (filantropía), sino que realiza estos actos por amor-temor a un ser supremo (caridad).
Hay que recordar, además que grupos como, por ejemplo, Cáritas se alejan radicalmente del concepto de O.N.G. Cabe preguntarse, ¿si es una organización sin ánimo de lucro, qué pinta el Vaticano detrás de todo esto?
No hay ninguna excusa, no existe razón alguna por la cual yo tenga que dar mi dinero a un grupo cuyas ideas son radicalmente opuestas a las mías. La charla, amable y cordial, con el párroco sólo me ha servido para comprobar por qué importo tanto a la Iglesia Católica. No es mi alma la que quieren salvar, no. Lo que quieren es seguir manteniendo su nivel de vida a costa de los demás.
No hablaré ahora de los pasos que me ha indicado para apostatar (delirantes, absurdamente burocráticos y, lo que es peor, falsos), porque supongo que de esto hablaré otro día. Quiero comentar el que, al menos eso me ha parecido a mí, es el motivo por el cual le fastidia tanto que deje el nido.
Si bien no me extraña ver que la motivación primera de la Iglesia Católica es el beneficio pecunario, me sorprende que el párroco de una iglesia "de tercera" reconozca abiertamente cuáles son las motivaciones de su organización. Todo comenzó cuando le pregunté por qué le importaba tanto que yo siguiese perteneciendo a su grupo religioso. Su respuesta, más clara que el agua, "para que la Iglesia funcione necesita apoyo económico".
Apoyo, me pregunto, ¿para qué? La Iglesia Católica es uno de los estados más ricos del mundo, invierte en cientos de empresas (tal es su hipocresía que sus negocios llegan a abarcar empresas fabricantes de malignos anticonceptivos), tiene innumerables negocios inmobiliarios (escándalos incluídos), y el valor de los inmuebles que posee es incalculable. Me he sentido como si Amancio Ortega me pidiese dinero.
Se suele alegar que la organización religiosa conserva tesoros arquitectónicos y artísticos, y que el dinero para su mantenimiento sale de sus arcas. A pesar de que ésto no es totalmente cierto (no hay más que adentrarse en nuestro país para ver antiguas iglesias de pueblo a punto de derrumbarse), y a pesar de que los municipios suelen sufragar las obras de restauración de estos monumentos, la ley exige a los propietarios de este tipo de construcciones que las mantengan o, de no poder, que las cedan al Estado. ¿Por qué la Iglesia Católica no se rige por las leyes de todos?
Hablan, también, de su labor social. No seré yo quien niege que ésta existe, ni negaré su importancia, pero, seamos sinceros, a día de hoy (acabada la dictadura) el beneficio que dichas obras aportan es inferior al de organizaciones laicas sin ánimo de lucro. Las acciones de ambas pueden parecer, a priori, similares, pero entre todas sus diferencias hay dos que destacan: de entre todas las organizaciones sociales sólo a una de ellas puedo apoyar en mi declaración de la renta, y sólo una de ellas recibe (al margen del I.R.P.F.) dinero de organismos públicos. Curiosamente, esta organización no busca el bien social por amor al hombre (filantropía), sino que realiza estos actos por amor-temor a un ser supremo (caridad).
Hay que recordar, además que grupos como, por ejemplo, Cáritas se alejan radicalmente del concepto de O.N.G. Cabe preguntarse, ¿si es una organización sin ánimo de lucro, qué pinta el Vaticano detrás de todo esto?
No hay ninguna excusa, no existe razón alguna por la cual yo tenga que dar mi dinero a un grupo cuyas ideas son radicalmente opuestas a las mías. La charla, amable y cordial, con el párroco sólo me ha servido para comprobar por qué importo tanto a la Iglesia Católica. No es mi alma la que quieren salvar, no. Lo que quieren es seguir manteniendo su nivel de vida a costa de los demás.
